Barrionuevo y la impunidad

Condenado en 1998 por el Tribunal Supremo a diez años de cárcel por malversación de fondos públicos y el secuestro de Segundo Marey, pronto fue indultado por el gobierno de José M. Aznar, permaneciendo tres meses en prisión durante los cuales, según dice, aprendió informática y a usar el ordenador. El ex ministro relata ahora sus “hazañas” en un conocido medio de comunicación sin mostrar remordimiento alguno; al contrario, se muestra orgulloso ante la cámara: «Éramos los guardianes del orden» afirma.

«Humillación» es la palabra más escuchada para calificar la entrevista de este señor: «humillación hacia las víctimas». Varios políticos de diversas formaciones, han utilizado esta palabra. También Maider García, hija de Juan Carlos García Goena, asesinado por los  G.A.L. se ha referido a la «impunidad» del ex titular de la cartera de interior. Otras, como Edurne Brouard, han destacado la “enorme rabia” que provoca esta impunidad. Y es que el ex ministro del presidente Felipe González justifica sin reparos la guerra sucia empleada bajo su mandato.

Lamentablemente algo de eso sabemos los carlistas. De cómo intentaron humillarnos con total impunidad aquel 9 de mayo de 1976, en el que un grupo de fascistas organizados y financiados con dinero del Estado y protegidos por la Guardia Civil, asesinaron en Montejurra a nuestros compañeros Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos. Entre ellos se encontraban mercenarios ultras como el francés Jean Pierre Cherid que luego “casualmente” formaron parte de los G.A.L.

Sin duda, Barrionuevo se siente protegido, como también se sintieron entonces los Pepe Arturo Vázquez de Prado, Manuel Fraga o el pistolero Marín García-Verde, más conocido como el hombre de la gabardina. Destacar que sólo el secretario general del PSE-EE, Eneko Andueza, y el ministro del Interior, Fernando Grande Marlaska, le han pedido cuentas públicamente. Por lo demás, silencio cómplice en Madrid.

Es evidente que al PSOE aún le queda mucho trabajo de limpieza de sus cloacas, lástima que el señor X no lo quiera ver así.

Ioar Mendia

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