En una sociedad marcada por la precariedad laboral, la hipercompetencia y la meritocracia como mito funcional del neoliberalismo, el Curriculum Vitae se ha convertido en una pieza clave del engranaje de selección, exclusión y reproducción de las élites. Es, al mismo tiempo, una máscara y una mercancía. Se nos exige demostrar constantemente lo que somos a través de títulos, certificados, estancias en el extranjero, idiomas y másteres (a menudo pagados con deudas o con sacrificios personales). Y, sin embargo, quienes gobiernan, legislan y deciden el rumbo colectivo muchas veces carecen incluso de una biografía verificable. En este contexto, el concepto de Curriculum Vitae se vuelve relevante para entender la construcción de identidades profesionales. El Curriculum Vitae se entrelaza con la realidad laboral contemporánea.
En un sistema en el que se convierte el saber en propiedad privada y el conocimiento en adorno curricular, no puede sorprendernos del todo la falsificación sistemática de los currículos por parte de políticos españoles. Porque lo que está en crisis no es solo la veracidad de sus hojas de vida, sino el sistema de valores que lo permite y lo normaliza.
El Curriculum Vitae también refleja la lucha por la autenticidad en un entorno donde la falsificación es común, destacando su papel en la búsqueda de credibilidad en el mercado laboral.
Casos como los de Noelia Núñez, Pablo Casado, Ana Millán, José María Ángel Batalla o Pilar Bernabé —por nombrar algunos— revelan una constante: la clase política tradicional no vive sometida a las mismas reglas que el pueblo trabajador. Mientras millones de personas son excluidas de un empleo por no tener un máster oficial o por no poder demostrar su nivel de inglés, hay diputados y cargos públicos que adornan sus trayectorias con titulaciones inexistentes, cursillos inflados o estancias ficticias.
Este fenómeno no es casual ni anecdótico. Responde a una lógica de poder que privilegia las apariencias por encima del compromiso y el marketing personal por encima de la ética pública. Y lo que es aún más grave: el valor simbólico del esfuerzo, del estudio y del conocimiento se vacía de contenido cuando se convierte en simple etiqueta utilitaria para ascender en una estructura de poder opaca y hasta cierto punto sectaria.
La ciudadanía debe ir más allá de la indignación superficial. No se trata solo de exigir dimisiones —que también—, sino de preguntarnos para qué y para quién sirve hoy el curriculum vitae. ¿Qué tipo de sociedad construimos cuando todo se reduce a la acumulación individual de méritos? ¿Qué alternativas existen a este modelo? ¿Podemos imaginar formas de reconocimiento que no pasen por la validación institucional sino por la participación colectiva, el compromiso social, la acción transformadora?
En última instancia, la falsificación de currículos es apenas la punta del iceberg de una política degradada, donde la imagen sustituye al contenido y la tecnocracia encubre la ausencia de proyecto colectivo. Una izquierda que aspire a ser alternativa no puede conformarse con desenmascarar a los falsos titulados: tiene que cuestionar el fetichismo del título mismo, y poner en el centro otros valores: la coherencia vital, la lucha cotidiana, el conocimiento compartido y el trabajo desde abajo.
Porque un curriculum, al final, no debería ser un pasaporte a la élite, sino un relato honesto de lo que cada quien ha vivido, aprendido y contribuido al bien común. Y en esa batalla —ética, cultural y política—, la verdad también es revolucionaria.

