En el debate público actual, el lenguaje no constituye un mero instrumento de comunicación: también configura la manera en que la sociedad interpreta los problemas colectivos. Las palabras seleccionadas por los responsables políticos no solo describen una realidad, sino que contribuyen a construirla. De ahí que las supuestas metáforas utilizadas los discursos merezcan una atención especial, especialmente cuando se refieren a cuestiones tan sensibles como la enfermedad o los derechos sociales.
Las recientes declaraciones de Alberto Núñez Feijóo, en las que calificó el absentismo laboral como “el cáncer” que debe afrontar España y planteó revisar el tratamiento económico de las bajas laborales complementadas por convenio, ilustran con claridad esta dimensión simbólica del lenguaje político. Más allá del contenido concreto de la propuesta, resulta pertinente analizar el marco conceptual que introduce.
Las bajas médicas dejan de presentarse como un fenómeno complejo, condicionado por factores sanitarios, laborales, demográficos y organizativos, para convertirse en una patología social cuya erradicación se plantea como una prioridad política.
Esta forma de enmarcar el debate no es nueva. La literatura sobre comunicación política ha mostrado reiteradamente que el modo en que se define un problema condiciona las soluciones que posteriormente se consideran legítimas. Cuando un fenómeno se presenta como una amenaza o como una enfermedad del sistema, el énfasis deja de situarse en el análisis de sus causas estructurales y se desplaza hacia la necesidad de corregir o eliminar aquello que se identifica como el origen del problema. En ese contexto, el lenguaje no solo informa, también orienta la percepción pública y delimita el espacio de las políticas posibles.
Aplicado al ámbito laboral, este enfoque plantea interrogantes relevantes. El incremento de las bajas médicas puede responder a factores muy diversos, como el envejecimiento de la población activa, el aumento de las patologías relacionadas con la salud mental, la persistencia de condiciones laborales especialmente exigentes en determinados sectores, las listas de espera del sistema sanitario o las secuelas de enfermedades de larga duración, entre otros. Reducir esta realidad a una cuestión de incentivos económicos o de comportamientos oportunistas supone simplificar un fenómeno cuya explicación es necesariamente multifactorial.
En este sentido, la metáfora del “cáncer del absentismo” merece una reflexión específica. El cáncer constituye una de las principales causas de enfermedad y mortalidad y afecta cada año a cientos de miles de personas y sus familias. Convertir esa experiencia en una categoría destinada a describir un supuesto problema de productividad, puede resultar eficaz desde el punto de vista retórico, pero plantea dudas sobre su capacidad para favorecer un debate público equilibrado. Las metáforas no son neutrales; jerarquizan problemas, despiertan emociones y condicionan la forma en que la ciudadanía interpreta la realidad social.
A partir de ese momento, la discusión deja de centrarse exclusivamente en las condiciones de trabajo o en el funcionamiento del sistema sanitario y comienza a girar, de manera casi inevitable, alrededor de la legitimidad de quienes se encuentran de baja médica. El riesgo de este desplazamiento es evidente: convertir un derecho vinculado a la protección de la salud en un objeto permanente de sospecha.
Sería interesante saber qué opina su compañero Borja Sémper sobre estas lamentables declaraciones.

