La incoherencia estructural de la violencia de género que salpica al PSOE

Los diversos episodios de violencia de género protagonizados por cargos y militantes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), algunos de ellos ampliamente difundidos en los medios de comunicación, vuelven a abrir un debate necesario; la distancia entre el discurso autoproclamado feminista del ese partido y las prácticas reales dentro de sus estructuras de poder.

El PSOE ha construido, durante la última década, buena parte de su identidad pública en torno al feminismo institucional. Se presenta como garante de derechos, impulsor de leyes de igualdad y defensor de las víctimas. Sin embargo, cuando emergen denuncias, investigaciones o escándalos relacionados con comportamientos sexuales abusivos o inapropiados dentro de sus filas, la reacción suele moverse entre la gestión comunicativa, la minimización y la contención del daño político.

Estamos convencidos de que esta contradicción no es anecdótica, si no que es estructural y de que el problema no es solo “la manzana podrida”,  si no la cultura de partido. Reducir estos episodios a casos aislados permite evitar una reflexión más profunda sobre las relaciones de poder internas. Cualquier organización política tradicional, especialmente las que funcionan como maquinarias jerárquicas y verticales, tiende a generar incentivos para el silencio más que para la denuncia.

El PSOE ha sido impulsor de leyes feministas importantes, pero en estos casos se evidencia la diferencia entre legislar feminismo y practicarlo. Un partido verdaderamente comprometido con la igualdad no debería limitarse a apartar temporalmente al implicado cuando estalla el escándalo ni a emitir comunicados ambiguos que buscan proteger la imagen institucional, ni a tratar cada caso como un “accidente” en lugar de como un síntoma.

Un partido verdaderamente comprometido con el  feminismo debería disponer de mecanismos internos independientes, no ligados a órganos de dirección, de protocolos claros y transparentes, ejecutados sin cálculos electorales, además de una protección real a denunciante y testigos, no aislamiento o presión y de una formación transversal, no meramente formal o cosmética.

Está claro que la reacción interna de este partido suele estar guiada más por la estrategia que por los principios. El temor a “dar munición a la derecha” sirve a veces como excusa para no abordar con contundencia casos graves. Pero este argumento es perverso, la impunidad nunca fortalece al feminismo. De hecho, una izquierda que no es capaz de limpiar sus propias estructuras pierde legitimidad para exigir cambios al resto de la sociedad.

Como ocurre en muchos ámbitos, las mujeres afectadas suelen quedar relegadas a un rol secundario. La narrativa pública se centra en la gestión del partido, el impacto electoral o la caída del cargo implicado, mientras la vivencia de las víctimas queda invisibilizada.

Ante todo esto la pregunta es simple:
¿Dónde está el centro del debate; en la víctima o en la reputación del partido?

Si la prioridad es la segunda, cualquier discurso feminista se vacía de contenido.

Los escándalos sexuales que han salpicado al PSOE no representan únicamente errores individuales, sino síntomas de una cultura política que todavía tolera dinámicas patriarcales incluso mientras promueve leyes igualitarias.

El desafío no consiste en defender al partido y su estructura ante la crítica, sino en exigirle que esté a la altura del feminismo que dice encarnar.

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