Venezuela en disputa. Cuando el imperio manda y el pueblo pierde

La captura de Maduro por parte de Estados Unidos constituye una violación flagrante del derecho internacional, de la soberanía de los Estados y de los principios básicos de la Carta de la ONU. Ningún país tiene legitimidad para detener al jefe de Estado de otro fuera de un marco multilateral, judicial y consensuado.

Esta intervención merece una condena tajante, No es más que un claro ejemplo de imperialismo clásico, el uso de la fuerza para imponer intereses geopolíticos y económicos, disfrazados de retórica democrática. La historia latinoamericana está marcada por este patrón —Chile, Guatemala, Panamá, Irak como espejo global— y ahora Venezuela no es una excepción, sino una repetición de los ejemplos anteriores.

Dentro de toda esta barbarie, la frase “Yo estoy al mando en Venezuela” pronunciada por Donald Trump resulta especialmente grave, ya que revela una concepción colonial del poder internacional y reduce a Venezuela a un territorio administrable por Washington. No es que sea solo inaceptable, sino que es la prueba de que el presidente estadounidense no ve personas ni pueblos, ve meras fichas de dominó. Y precisamente por eso, aunque Maduro haya fracasado, Trump nunca puede ser la alternativa. Estas palabras no son solo una bravuconada, se tratan de la verbalización cruda de una lógica de dominación.

Ahora bien, oponerse a Trump no obliga a defender a Maduro, puesto que el régimen venezolano ha derivado en un autoritarismo, con represión de la disidencia y concentración del poder, la destrucción institucional, debilitando la separación de poderes y el fracaso económico, agravado por sanciones externas pero también por corrupción, mala gestión y dependencia petrolera.

Maduro no representa hoy un proyecto emancipador ni socialista, sino un Estado capturado por una élite, que utiliza un discurso antiimperialista para justificar prácticas que dañan directamente al pueblo venezolano.

Por eso debemos rechazar la trampa binaria Trump vs. Maduro o viceversa; debido a que Trump no libera a Venezuela, sino que la está sometiendo y Maduro no resiste al imperialismo, sino que lo usa como coartada.

Ambos modelos niegan la democracia real, Trump, desde la imposición externa y la fuerza y Maduro, desde el control interno y la clausura política.

Por todo ello: No a la intervención estadounidense. No al autoritarismo venezolano. Sí al derecho del pueblo venezolano a decidir su futuro sin tutelas externas ni élites cerradas.

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